En
una línea próxima a Gauguin y Van Gogh, en cuanto a existencia
trágica puntuada por la marginación y la autodestrucción
se refiere, se podría situar a Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901),
un aristócrata físicamente deforme que admiraba a Degas
y la estampa japonesa.
Su
obra se centra en los temas de la vida nocturna de Montmartre: teatros,
cafés, bailes, prostíbulos.Observador
implacable, dejó una completa galería de retratos de los
protagonistas y de la humanidad de esos ambientes. Supo captar la personalidad
de cada figura en sus actitudes y gestos más caracteriísticos,
con la extraordinaria simplicidad de una silueta, de una línea.
Explotó la riqueza expresiva de la línea con una libertad,
un ritmo y una elegancia que le hacen inseparable de toda la estética
de fin del siglo. Utilizó colores brillantes -en pinceladas rápidas
o en amplias áreas- en composiciones asimétricas, con encuadres
atrevidos o escorzos inesperados. Existe una estrecha relación
entre su obra pictórica y su obra gráfica, y , en este segundo
aspecto, la aportación de Toulouse-Lautrec es resonante. Con Moulin
Rouge, la Goulue (1891), dio a la historia del cartelismo su primera
gran obra. Con la fuerza de síntesis que ha de caracterizar un
buen cartel, proporciona en el texto una información clara y concisa,
y selecciona unas imágenes mínimas pero potentes y bien
definidas, en que la línea y el color juegan con la concisión,
aunque sin perder un ápice de su fuerza comunicativa.
La influencia de Toulouse-Lautrec fue tan amplia que no sólo marcó
el desarrollo del cartelismo moderno, sino que su plástica y sus
temas se hicieron patentes en la obra inicial de Picasso y en muchos otros
pintores, entre ellos buena parte de los expresionistas.La
|